miércoles, 23 de enero de 2013

MI PASADO EN UNA CAJA DE ZAPATOS


-Hoy tampoco voy a ir a trabajar.
Le digo a Miguel cuando aparece por la cocina más guapo que nunca, preparado para salir a trabajar. Sonríe intentando adivinar mis pensamientos, intentando saber como estoy.

Me observa mientras saborea el café.  Llueve a mares, estamos en alerta roja, el dichoso rio amenaza con salirse, como todos los años. Va a ser un día ajetreado para él. Se le ve tranquilo, bueno es que es tranquilo, plácido. En ese momento para él solo existe el café. El día va a ser largo ¿para qué correr? Parece decirme con su mirada. Me siento a su lado con todo el arsenal de dulces que encuentro por la casa. Él no acostumbra  desayunar en casa, pero hoy me acompaña en la glotonería, el café se le queda escaso con tanto unte, se levanta y rellena la taza. Nuestro paladar y estómago sacian su necesidad de azúcar, mientras nuestras miradas conectan en ese dialogo sin palabras que muchas veces mantenemos. Cuando ya no queda nada que untar ni café para rellenar se estira y comienza a releer el periódico del día anterior.

La gata se introduce en mis pensamientos ¿Dónde está? Pienso, en la calle, me respondo, en cualquier momento le veré en la puerta esperando a que le abra, miro hacia la puerta y ahí está.  ¡Increíble! He aprendido a interpretar sus maullidos, sé cuando quiere comer, cuando quiere salir y demás necesidades o caprichos o simplemente cuando quiere que el preste atención, pero esta concesión con nuestras mentes me tiene anonadada. ¡Lo que hubiera disfrutado mi hija con ella! Siempre quiso tener un gato.
-¿no vas a ir a trabajar?
Pregunto ante su actitud pachorra y tranquila.
-no tengo nada especial que hacer en el ayuntamiento, estoy a gusto en casa.
- ¿se saldrá el rio?
-probablemente, esperemos que no sea como el año pasado.
-yo pensaba ir a mi casa, creo que ya puedo hacer algo que debí hacer hace mucho. Mientras el rio decide qué hacer y antes de que empieces con tu trajín de aquí para allá, que sé que eso es lo que estás esperando, ¿me acompañas?

Mi casa está alquilada, pero sigo conservando el trastero, lleno de infinidad de trastos y recuerdos, de los que no he sido capaz de deshacerme.
Llegamos dando un paseo, mirando el rio, corre desaforado doblando su caudal, rugiendo amenazante con invadir el pueblo.
El garaje está vacío, sin coches, un bando del ayuntamiento en la puerta recomienda tomar precauciones. Aquí nunca he llegado el agua, yo no hubiera hecho caso del papelito de la puerta, pero los cuatro vecinos que hoy ocupan las parcelas, han sido precavidos.
Abro el trastero, huele a humedad a polvo viejo. Comienzo a trastear y sacar cajas sin mirar el contenido, hasta que llego al tesoro escondido, es lo único que voy a mantener. Todo lo demás acabará en el vertedero, sin mirar y sin pensar ya no son más que trastos sin valor, así acabaré  lo que comencé tras su muerte, terminaré el trabajo y me desharé de lo que ya no necesito. Está todo ahí, lo suyo y lo de su padre, metido en cajas que tras cerrarlas no han vuelto a ser abiertas. Hoy es el día. Lo único material que necesito conservar de esa parte de mi vida se encuentra en el interior de una caja de zapatos. Todo lo demás no son más que trastos que ocupan un sitio que podía ser aprovechado para algo mejor.

De vuelta a casa pasamos por mi otra casa, la casa de mis sueños que se encuentra en un estado lamentable, por fuera y por dentro.
-Esperamos que el rio la respete.

Hasta mañana. Agur.

MARIAN.
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