lunes, 12 de marzo de 2012

NO SOY BUENA COMPAÑIA


Poco a poco mi grupo se va disolviendo. Llega el momento de las responsabilidades, de atención a los hijos, de elaborar cenas y demás obligaciones. Mi única obligación moral, anda por ahí de un lado para otro, hace rato que no lo veo y la verdad no me apetece recogerme en la soledad de una casa que sin él no tiene sentido. Me quedo con el único de mi grupo que parece no tener responsabilidades familiares, de hecho no vive en el pueblo, solo ha venido a disfrutar del día, lo hace todos los años. Iniciamos una interesante charla, resulta que nos conocemos y no del pueblo, él se acuerda de mí, yo de él no. Estudiamos juntos en el instituto. Él terminó sus estudios, yo no, quise correr demasiado, las prisas por irme de mi casa me obligaron a trabajar. Él es profesor ¿yo que soy? simplemente Marian, con una larga  vida de penurias, de malos momentos. ¡Ya vale! Pienso ¿qué haces contándole a este vecino tus miserias? ¿Será la ingesta de alcohol? Doy un giro de ciento ochenta grados a la conversación, prefiero reír, de lo que sea,  de las gansadas de los vecinos que aún quedan pululando de un bar a otro, de la falta de educación de los jóvenes que orinan en cualquier sitio, vomitan sin importarles donde ¡qué asco! ¿A eso llaman divertirse? Es más fácil criticar al personal que criticarse  una misma. No sé porqué mis ánimos han cambiado, ¿será que hace rato no veo al alcalde? ¿Será que echo de menos sus caricias furtivas, sus besos posesivos en cualquier momento? ¿Sus insistentes miradas? ¿Dónde andará? Creo que ha llegado el momento de irme, pienso, ya no soy buena compañía, mejor me voy a casa, esperaré en casa la vuelta de mi hombre. Me despido del último de mi quinta que ya va muy pasado de alcohol y empieza a molestarme su tonta risa, sus halagos ¡no me gusta que me toquen! aunque forme parte de la conversación, me siento molesta. Me voy. Me despido lo más amablemente que me sale, disimulando el desprecio que siento en ese momento por esa persona que no tiene nada que ver con mis manías y mis paranoias mentales.

Emprendo el camino para casa cuando la voz esperada me saca de mis molestos pensamientos.

-¿te vas sin esperarme?

-hace rato que no te veo, estoy cansada, quédate tú si quieres.

-¡Sosa!

Rio sin ganas, él tampoco tiene la culpa.

-vamos a cenar, dice Antonio que hay que acabar con la comida que ha sobrado.

-estoy cansada.

-venga, consuerte, acabemos el día bien.

Acepto por complacerle, pero sin ganas, ya no soy buena compañía.

Sus labios recorren mi mala cara, cerrando heridas imaginarias, o no, sus manos recorren mi espalda. El tiempo se detiene, solo existe él, el pasado se desvanece, una potente luz me muestra el camino, aunque las sombras de la noche estén presentes en mi caminar.

-vamos, muñeca de porcelana.

-no, soy consuerte.

-a veces se te olvida, te agrietas a la mínima, eres muy frágil.

-eso lo dirás tú.

Digo toda chula.

-yo lo digo.

Contesta él más chulo si cabe.

Vuelve la serenidad, las ganas de reír, de coquetear, provocar hasta sacarle un beso en el que me lo de todo y yo pueda corresponderle, ofreciéndoselo todo.

Hasta mañana. Agur



MARIAN



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