sábado, 10 de marzo de 2012

¡ME LO HAN CAMBIADO!


 No le quito el ojo de encima ni él a mí. Centro mi atención, aparentemente, en la charla desenfadada de mi grupo, pero dirigiendo mis ojos hacia él a cada momento. Llama mi atención de diversas formas constantemente, me siento extraña y encantada con su comportamiento, es inusual en él, siempre tan correcto en público. Me hace un gesto que no entiendo, rio más complacida que otra cosa, sin entender que quiere decirme.

Disfruto del momento, de la animada charla de mi grupo, ¡somos los mejores!  De las miradas insistentes del señor alcalde, será el alcohool, ¡como le brillan los ojillos! Se le ve tan suelto que no parece ni él, quizá es que aún no lo conozco demasiado. Me contagia su risa. De vez en cuando me cae alguna cosa, es su forma de llamar mi atención, mientras no me tire un vaso un cuchillo, vamos bien.

La comilona sigue su curso lenta y animadamente, llegan los postres. He pedido hojaldre con crema, sin saber el motivo o sí, me llega una ración de tarta de chocolate. ¡Me encanta el chocolate! Él lo sabe, imagino que son cosas suyas, es el segundo plato que me llega cambiado, me parece que está controlando todo lo que hago, le sonrío sacándole la lengua, a lo mejor resulta que todo estaba organizado de ante mano, quizá no ha sido casualidad que lo tenga justo frente a mí. ¡No sabe nada este! Vaya, vaya, con el señor alcalde.

Saboreo la tarta provocándole con la mirada, vuelve a hacerme un gesto que no entiendo, antes del café salgo a fumarme un cigarro a la calle, vuelve a hacerme el gesto le contesto con otro gesto, reímos los dos con ganas. ¡Qué tontería tenemos! No sé si alguien se da cuenta de nuestras cosas, pero desde luego parecemos dos críos.

-haber señor alcalde ¿se puede saber que intentas decirme? ¡Que no te entiendo!

Le digo fuera. Ríe con una risa tonta producto del alcohol ingerido mezclado con no sé cómo definirlo…

-¡sosa! Que eres una sosa.

-¿has salido para meterte conmigo?

-sí, ¡sosa!

-¿se puede saber porqué cambias los platos que pido?

-porque eres una sosa.

-ese será mi problema…

Caya mi boca poniendo la suya encima, dándome un beso de los suyos, de los que me transportan directamente al paraíso, de los que me hacen olvidarme de donde estoy, de esos en los que consigue la combinación perfecta del amor y pasión.

-cuídate, consuerte.

Dice, mirándome y acariciando mi mejilla. Entra en el comedor dejándome con una tonta sonrisa en los labios, ajena a todo lo que me rodea. Vuelvo a la realidad, entro en el comedor buscando sus ojos, que ahí están para mi deleite acompañados de una sonrisa preciosa.

Retomo la conversación con mi grupo, lo veo salir del restaurante, mirándome y guiñándome el ojo. Lo pierdo de vista, me centro en la juerga de mi grupo, en ese recordar de juegos de calle, de pantalones sucios y remendados, de ropa heredada, de ropa de los domingos inmaculada, de domingos de misa, de respeto, casi temor a los padres, de las estrictas normas de vuelta a casa, de cuando solo se salía de noche en las fiestas del barrio, de cuando los besos eran furtivos, de los primeros bailes a lo agarrado, de cuando los chicos andaban detrás de las chicas y no al revés. ¡Lo que ha cambiado todo en pocos años! A lo mejor no son tan pocos.



Salimos del restaurante entre risas y anécdotas. El ambiente del pueblo bulle, es una fiesta en la que participa casi todo el pueblo, desde los diez y ocho años hasta los que van con bastón y encogidos por los años vividos.

Entramos en el bar, soy la portadora del bote, así que me acerco a la barra a pedir, mientras espero una mano trastea por mi trasero, la reconocería entre cien mil, hago como que no me doy cuenta pero sigo el movimiento de sus dedos juguetones. ¡Como está hoy el alcalde! Me lo han cambiado. Me volteo con parte de las consumiciones en mis manos, me ayuda en mi tarea. Espera paciente a que acabe mi labor de camarera ocasional, cuando libero mis manos, vuelve a invadir mi boca en un acto de posesión inédito en el, en público, en privado hace eso y mucho más.

-cuídate, consuerte sosa.

Me deja con una complacida sonrisa, flotando y con ganas de más. ¿Por qué le habrá dado hoy por llamarme sosa? ¿Qué querrá que haga?

En esta parte del día ya no hay grupos, todos de mezclan, pero yo sigo con los míos, con mi quinta. Miguel va de un lado para otro, ¡bailando! ¡Miguel bailando! ¡Increíble! Dándose palmaditas amistosas con unos y con otros. No puedo evitar estar pendiente de él y reír de las cosas que le veo hacer y él lo sabe. Pasa por mi lado y vuelve a hacerme un gesto, que no entiendo, le contesto con otro gesto y nos reímos los dos.

HASTA MAÑANA. AGUR.

MARIAN

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