miércoles, 11 de enero de 2012

ROSARIO I


Cosas de la vida, me cuentan a mi hace unos años que voy a visitar a mi suegra por iniciativa propia y me rio, “no se lo cree ni ella”, hubiera pensado. Pues aquí estoy, dándome una vuelta todos los días por su casa, asegurándome de que las cosas se hacen como es debido, que está bien atendida, que no le falta de nada. Lo mejor de todo es que lo hago encantada y con ganas. Disfrutando de su compañía, de sus historias, de su sonrisa de bienvenida, de su cariño, definitivamente de ella. Pensándolo más detenidamente, no sé quien hace compañía a quien, a lo mejor la beneficiada de esta relación soy yo.

He de decir que con anterior suegra, no se hubiera dado el caso, demasiado orgullosa para eso, ella, quiero decir. En fin eso pertenece al pasado y ahí debe quedar, resuelto y guardado en el baúl de los recuerdos, pero no puedo evitar hacer la comparación.

Una tarde me entretuve con ella más de lo habitual, noté que estaba un poco necesitada de charla, la verdad es que no calla, habla por los codos, tiene una charla amena, distendida, hablamos de todo hasta de sexo. Pero ese día noté en ella cierta melancolía, que no va con su carácter jovial, a pesar de tener noventa y cuatro años bien llevados, está guapísima. Faltaba ese brillo en su mirada, tan característico en ella. Después de mucho insistir me dijo:

-Marian, tú crees que la vida se ha portado mal contigo.

-sí.

Le contesté secamente, no me apetecía hablar de mis miserias, si no de las suyas.

-no quisiera aburrirte con mi mala vida, lo que tú necesitas es reír, vivir, eres muy joven.

-cierto, usted  sabe mi historia, yo de su vida sé muy poco estamos en desventaja.

-echa leña al fuego, trae la tableta de chocolate que tengo escondida  en mi armario, vamos a endulzar un poco la amargura, que si tu vida a sigo dura, la mía ha sido puta.

Acompañé el chocolate con una botella de vino dulce que también encontré en su armario.

-soy toda oídos.

Lo poco que recuerdo de mi niñez, es bueno, éramos una familia humilde, entre abuelos, padres y hermanos, éramos quince, yo era la benjamina de la prole. Nunca nos faltó que echarnos a la boca, un buen fuego donde arrimarnos y mucho cariño. La típica familia de la época.

Todo cambió al inicio de la guerra civil española. Reclutaron a todos los hombres de la familia, solo quedó el abuelo. Cuando eso ocurrió yo tenía trece años. Recuerdo como si fuera hoy los gritos de mi madre ante la partida obligada de su familia, los tengo aquí gravados –dice señalando su cabeza y su corazón- aquí es donde comienza mi amarga historia.

Una noche, aparecieron por el caserío cuatro hombres, aporrearon la puerta pidiendo comida y cama. Asustadas pero con buena voluntad se les abrieron las puertas.  Iban armados, no se de qué bando eran, solo sé que comieron y bebieron, después de quedar hartos se llevaron al abuelo. A las semanas volvieron, se hartaron a comer y beber. Mataron el poco ganado que nos quedaba, se lo llevaron.

Un día vino un vecino con la noticia de que a  dos hermanos míos los habían fusilado, de los demás no se sabía nada, ni del abuelo. Quedábamos cuatro mujeres en el caserío, asustadas. Los llantos duraron poco, había que sobrevivir. Cerramos el caserío por miedo a que aquellos hombres aparecieran y bajamos al pueblo buscando cobijo, que rápidamente encontramos.

Nos acogió una hermana de mi abuela, soltera. Sobrevivíamos como podíamos, en el pueblo las cosas estaban peor, se contaban historias de cuadrillas de hombres que aparecían y violaban a cualquier hembra que se encontrasen, ya fueran niñas o ancianas. Un día salí de casa con mi hermana y mi madre, había que salir  a buscar comida, la poca que se podía conseguir.

Estábamos a la altura de la plaza, cuando aparecieron y no nos dio tiempo a escapar. Arremetieron contra mi hermana y contra mí, a mi madre le pegaron un tiro al intentar defendernos.

No recuerdo como fue, solo recuerdo el cuerpo de mi madre tendido en el suelo desangrándose, inmóvil, con los ojos abiertos. Cuando los hombres terminaron su faena, alguien debió socorrernos, no recuerdo nada, ni dolor físico, nada. Solo la imagen de mi madre.  De los nueve meses posteriores no recuerdo casi nada, solo la imagen de mi madre postrada en el suelo, inmóvil y con los ojos abiertos.

Parí una niña, de la que prácticamente no recuerdo nada, solo recuerdo el dolor del parto, el lloro de un niño, nada más.

No volvimos a saber nada de los hombres de mi familia, ninguno volvió. Ni cuando las cosas se calmaron y volvimos al caserío, esperando la llegada de alguno, jamás supimos nada. Hay muchas lagunas en mi memoria de aquella época.

He parido siete hijos.

-¡siete!

-siete, Marian, a la única que no he llorado es a la primera, de la que no recuerdo nada. Esto es otra historia. No quiero aburrirte. Es tarde ya, Miguel estará a punto de llegar a casa.

-le voy a llamar para que venga  buscarme o mejor aún cenamos aquí.

-me encanta ver a mi hijo, pero no, ve a casa y atiéndelo bien. No le cuentes nada de la historia, esta parte de mi vida no la sabe nadie. Suelo contar muchas cosas de la guerra, del hambre que pasamos, del miedo, de la pérdida de mi familia, de la existencia de esa niña nadie sabe nada.

-vale, no voy a contar nada. Mañana vuelvo y me sigues contando.

-mañana será otro día.





Hasta mañana. Agur.

 


MARIAN.

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