miércoles, 11 de mayo de 2011

SABINA

Esta entrada me la a pasado una vecinita mia que le gusta escribir cosas, me ha gustado y con su permiso la edito.
Era un local más o menos elegante, con algunos sofás de piel negros aquí y allá, y unos cócteles exquisitos. Sentado en la barra un hombre con su cerveza, junto a él una mujer hermosa cigarro en mano, ambos solos, ambos dispuestos. Miradas, gestos y sonrisas. Él se decide a preguntar por su nombre:
         - Qué adelantas sabiendo mi nombre, cada noche tengo uno distinto…Sigo la voz de mi instinto, cada noche me lanzo a buscar – canturreó ella
         - Imagino, preciosa, que a un hombre….
         - Algo más, un amante discreto, que se atreva a perderme el respeto. ¿Quieres probar? – Propuso ella, con voz seductora, labios carnosos de un rojo intenso, - Vivo justo detrás de la esquina. No me acuerdo si tengo marido, si me quitas con arte el vestido te invito a champán - ¡como si él necesitara más….!

Sin quitarle ojo de encima, casi con miedo a que ella desapareciese, colocó un billete de 50€ sobre la barra, apuró su cerveza de un sorbo y la siguió fuera del local. Una sonrisa  se dibujó en los labios del hombre al leer el nombre en titilantes luces de neón, que con gran acierto alguien había llamado a aquel local – “El templo del Morbo”, je…buen nombre- pensó él.

         Mientras caminaban, la dejó ir unos pasos por delante, para poder observar aquel hipnótico balanceo de sus caderas al son de los tacones al caminar. No tardaron en llegar a un elegante bloque de apartamentos que se hallaba a la vuelta de la esquina. Antes de entrar ella se detuvo, miró un segundo al hombre que la seguía, dedicándole una última y seductora sonrisa, antes de entrar en el portal con un enérgico movimiento de melena.

         Apenas pusieron un pie dentro, se abalanzaron el uno sobre los otro, como dos estudiantes en celo, ansiando satisfacer sus ansias del otro. El ascensor fue ansiosamente eterno y escasamente corto al mismo tiempo, pero eso ya no importaba, ya no existía el tiempo,  tan sólo un extenso paraíso. Pero un piso antes del séptimo cielo se abrió el ascensor dando paso a un universo terrenal lleno de deseo y lujuria, pura pasión, vicio y desenfreno.

Apuraron los últimos gramos sobre el cristal de una foto de boda. Ella desapareció unos instantes tras la puerta de un dormitorio, apareciendo instantes más tarde, ataviada con un sugerente  modelito de lencería, que cubría lo justo y necesario, para que el observador no perdiera el interés. La escasa y calida luz de la velas arrancaba de su piel destellos dorados y las sombras acariciaban su figura, jugando con ella y haciendo que la imaginación de él superara limites insospechados. Se sintió satisfecha al observar como la miraba y se mordía el labio inferior con ansia mientras se acercaba a él con paso lento y sinuoso. Se sentó a horcajadas sobre él, quien no perdió un segundo, pero cuando fue a besarla ella colocó delicadamente sus dedos sobre sus labios y le susurro al oído:
         - En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte. Con el alba tendrás que marcharte para no volver. Olvidando que me has conocido, que una vez estuviste en mi cama. Hay caprichos de amor que una dama no debe tener.
         -Es mejor que te calles - pidió él – No me gusta invertir en quimeras. Me han traído hasta aquí tus caderas. No tu corazón. 

Y después ya os lo imaginareis; copas, risas, excesos… para qué daros más detalles, es mejor dejar que vuestra imaginación despegue y juegue a sus anchas. No creéis, mis queridos lectores??

A pesar de sus palabras, algo hizo que él volviera a aquel bar a la noche siguiente. “Y peor para el sol, que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna” - el estribillo de aquella canción le hizo recordar la noche anterior. Nostálgico, miró su silla vacía y levantó la copa a modo de brindis, y entonces, sin saber si era un sueño, una voz ardiente y sensual le susurro al oído:
- Me moría de ganas, querido, de verte otra vez….

 
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