martes, 23 de octubre de 2012

PARA ESO ESTOY YO


Íbamos cuatro en el coche, me moría de sueño, estaba sin dormir, es normal. He venido por él. Ya sé que él tampoco ha dormido ¿qué problema hay en que me duerma mientras conduce? Que yo sepa ninguno y si lo hay lo siento mucho es lo que hay. Es que a veces no logro entenderle, de verdad. Me desperté cuando llegamos, solo estamos a cuatro horas de casa.
-voy  acostarme un rato antes de comer.
Me dice de mal genio.
-voy contigo.
Digo mientras me hago cábalas sobre los motivos de su genio. Coge las maletas y me pasa el ordenador portátil que he traído, lanzándome su mirada asesina. ¡Me dan unas ganas de largarme! Que no sé ni cómo me controlo. Se ha pensado este que voy a aguantar sus morros toda la semana ¡lo lleva claro! ¡Ya puede cambiar de actitud conmigo! Lo que más me indigna es que el mal genio solo lo muestra conmigo, con los demás es majísimo, con las demás sería más exacto. Le sigo a la habitación mugrienta que nos han asignado. Me desagrada pero me lo callo. Ya no tengo sueño, así que agarro el ordenador y salgo a la calle. Busco un sitio tranquilo apartado de todo el mundo enciendo el ordenador. Empiezo a borrar todo lo que hay en él, tenía que haberlo hecho hacia mucho, de hecho no sé porqué he cargado con este trasto. Miro y borro cada carpeta que veo, no son más que fotos y fotos mías. Manuel se pasaba el día haciéndome fotos con el móvil, creo que estaba obsesionado conmigo. No sé porqué he pensado eso, quizá porque tiene un montón de fotos de antes de que ni tan siquiera le hablase o le prestase la más mínima atención. Tiene fotos de mí con Oscar. Eso me hace sentir extraña. Hacía tiempo que no pensaba en él, en Manuel digo. Dejo la tarea a medias y vuelvo a la borda.
Me hago el propósito de integrarme en el círculo de amistades de Miguel, a lo mejor es eso lo que le pasa, a lo mejor no me estoy portando bien. Abro con cuidado la puerta de la habitación, duerme. Entro en la cocina donde están las demás mujeres, limpiando los utensilios, haciendo recuento de lo que hay que comprar, riendo de chistes feministas. Se las ve a gusto.
-¿un café, Marian?
-¡vale!
Las observo sentada en un viejo taburete, ¿porqué no seré capaz yo de actuar con esa naturalidad? ¿Qué hago mirando en vez de participar? A él le gustaría que lo hiciese. Otras mujeres y conozco muchas se quejan de que sus hombres desaparecen en época de caza, el mío quiere compartir eso también conmigo. Vuelvo a la habitación, voy despertándole suavemente, mimando su despertar, tumbándome cariñosamente a su lado.
-¿estás enfadado conmigo?
-si no estás a gusto y quieres irte lo entenderé.
-yo no lo entendería ni aceptaría. No quiero irme, quiero estar contigo. Tengo miedo de no estar a la altura.
-no vas a pasar ningún examen, son mis amigos y tuyos si tú los aceptas en tu vida.
-voy a la cocina a echarles una mano.
-¿me traes un café?
Vuelvo a la cocina, empiezo a prepararle el café como a él le gusta, cuando la mujer de Aitor le echa un chorrito de coñac, le digo que no que él no lo toma así, me contesta que sí, que ella siempre se lo prepara así. Bueno pues a partir de ahora la única que le prepara los cafés soy yo, si quiere con chorrito que me lo diga a mí, que para atenderle como a él le gusta estoy yo, que para eso he venido, ya me voy a encargar yo de que las cosas estén como a él le gusta. Así se lo digo cuando le llevo el café. Se ríe y no sé el motivo.

Hasta mañana. Agur.

MARIAN

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