martes, 4 de septiembre de 2012

NO HE BEBIDO LO SUFICIENTE PARA OLVIDARME DE MI PUDOR


Con el vestido hecho un desastre, pero aún recuperable, confío en mi maña para las manchas, de la camisa del alcalde  mejor no hablar, no la salva ni un milagro, solo es ropa, como él bien  ha dicho, este no le da importancia a nada, a veces me exaspera su pachorra.
Esta es una fiesta organizada por los jóvenes y para los jóvenes. La guerra de guarradas a sido divertida, ya no queda nada que tirarse, solo risas y baile amenizado por la charanga ¡eso era lo que yo pensaba!, como siempre peco de ilusa.
-¡viva los novios¡
Alguien tiene la osadía de llamarnos novios, miro hacia el descarado y veo una preciosa tarta nupcial camino de nuestra mesa, custodiada por Joanes, el hijo de Miguel y por cuatro o cinco jóvenes llenos de barro hasta las orejas. Ya se los motivos, ahí decididamente me niego a participar. El caso es que dejan la tarta delante nuestro, con una botella de cava.
-¡que se besen!
Eso sí, pienso, al fin y al cavo es mi boda aunque no lo parezca. Como las cosas hay que hacerlas bien, primero hay que partir la tarta con un ruido infernal, entre griterío de la peña y la fanfarre intentando tocar el ya se han casado, tan típico, coreada por unas doscientas borrachos con ganas de cachondeo. El acto se realiza como manda la tradición, el beso, todo lo apasionado que se puede dadas las circunstancias, hasta ahí todo bien.
No le había dado el primer mordisco a la tarta cuando una buena porción nos cae encima, ya comeré tarta otro día, pienso, masajeando mi ración sobre la cara del culpable de todo el desaguisado. No pido mucho, no quería una ostentosa boda, pero si un poco más tradicional. Tres veces me he casado, aún no he conseguido una boda convencional cada cual más atípica, bueno es lo que hay. Por lo menos en esta me estoy divirtiendo y mucho. No se lo que costó la tarta pero desde luego creo que nadie la he dado un mordisco. Es lo que hay. La culpa es mía por no preguntar.
Llegados a este punto toca meterse en el rio, a lo cual me niego en redondo, no por el rio si no porque para conseguir el objetivo hay que bajar por la única rampa que hay, en la cual los jóvenes se han esmerado en embarrarla de tal manera que hasta los pies desaparecen en el barro.
-¿un bañito, consuerte?
-¡NO!
-si te llevo en brazos ¿te metes al rio conmigo?
Dice en un tono y con una mirada que me desarma, no puedo evitar besar esa cara toda llena de tarta y demás mejunjes e intentar complacerle, porque es lo que me pide el cuerpo en ese momento, desde el beso no sé cómo ha sido pero ha vuelto el romanticismo, las miradas cómplices, el deseo de pegarme a él y no separarme. Se ha dejado hacer de todo, él solo ha jugado conmigo, lo poco que me ha manchado lo ha hecho con cariño y delicadeza, yo no, yo he aprovechado para vengarme no sé muy bien de qué y él se ha dejado hacer. Así que me quito los zapatos y me subo a horcajadas sobre él.
El paso por la rampa es accidentado acabamos los dos revolcándonos en el barro, riendo, embadurnándonos, dejando que nos embadurnen. Hay quien paga un pastón por esto, me digo, yo lo tengo gratis. Con el vestido insalvable, ni un milagro lo salva de la quema. Entre risas nos lavamos mutuamente, aprovecho para acariciar su cuerpo, jugar como dos críos en el agua, entre salpicones y risas.
-esto se me ha ido de las manos, alcalde.
Sonríe pícaramente.
-primero, consuerte, deja de llamarme alcalde y segundo, sí, por primera vez desde que te conozco te hs dejado llevar por el momento, has disfrutado y tercero, sal del agua pegadita a mí.
De mi bonito vestido azul de ceremonia solo queda un trapo mojado que se pega a mi cuerpo, que de repente me siento desnuda, que  no he bebido lo suficiente para olvidar mi pudor, y parece ser que ni el de mi marido.

Hasta mañana. Agur.

MARIAN
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