martes, 15 de noviembre de 2011

TOCA PERDIR DISCULPAS


Espero media hora a que se le pase un poco el mosqueo. Le llamo. No me coge. Mierda, pienso. Este no es Manuel, al que podía decirle de todo, es más él provocaba para que yo soltase cualquier cosa por mi boquita.

Salgo a buscarlo, no pienso dejarlo así, tengo que arreglarlo ahora mismo.

No lo veo por ningún lado me he recorrido cada calle del pueblo, ni rastro. Voy al ayuntamiento, nadie sabe nada. Una que no ha nacido ayer, pide que le llamen dese ahí, que me he dejado el móvil en casa. Su respuesta: que me llamará más tarde, que está muy ocupado. Ni me ha dado oportunidad de ponerme.( él tampoco ha nacido ayer)

Me voy a casa impotente, no puedo hacer nada, si él  no quiere hablar conmigo, solo me queda esperar. Y espero, limpiando, sacando muebles a la calle, todo a la basura, pienso. Se acabó, tengo que renovar todo, ¡todo! Limpieza absoluta, no puede quedar nada de lo que Manuel y yo utilizábamos, solo voy a dejar unos muebles antiguos que ya estaban cuando él compró esta casa, me vendrán bien para mi nuevo proyecto, los voy a arreglar yo.

Arrastro el sofá hasta la calle, la mesa de la sala, una mesita que me trae miles de recuerdos, que saco de mi cabeza con lágrimas en los ojos, el sillón donde yo me sentaba a simular que leía, cuando lo único que hacía era mirarle ¡a la calle! La alfombra en la que tantas veces nos tumbábamos delante de la chimenea, prefiero no recordar lo que hacíamos ¡fuera! Abro armarios. Los vacío sin mirar lo que hay, no quiero saber nada, voy a partir de cero. No sólo con la panta baja, todo lo que tenga que ver con él, ¡a la calle! No hay más que hablar. Me importas tanto, te quise tanto, soy tan fiel, que no puedo meter a otro hombre en mi casa si están tus cosas, lo siento pero a la calle. ¡Vaya arrebato que me ha dado! No es un arrebato, es algo que tenía que haber hecho hace tiempo, pues ya llegó el momento. Quiero a Miguel en mi vida.

Llega la noche, sigo sin tener noticias de Miguel, he estado tan ocupada, que casi lo he olvidado, no a él, si no a su enfado. Llevo todo el día hablando con él, como si estuviera a mi lado, ahora quiero que venga, voy a hacer lo que haga falta. Le llamo. Me coge ¡por fin!

-¡hola!

-hola

-¿qué haces?

-estar en casa.

-¿podemos hablar?

-eso espero.

-voy o vienes

-estoy cansado, prefiero que vengas.

-lo que tarde.

En cinco minutos estoy llamando a su puerta.

-¿por qué no abres con tu llave?

-porque no me parece correcto.

-pasa, consuerte., arias inseguridad.

Voy directa al sofá, la casa está fría, me tapo con la manta.

-échate pa´ya, culona, comparte. ¿Por qué me has dicho semejante barbaridad? Yo alucino contigo, no te acuestas conmigo por interés, el dinero te la repampimfla, por muchas vueltas que quiera darle a la única conclusión que llego: solo pretendías fastidiar y yo pregunto por qué.

-¿ahora qué te digo? Acabas de desmontar la parrafada que te iba a echar.

-no me cuentes lo que ya sé, ¿porqué estabas tan rabiosa?

-no lo sé ni yo. No quiero ningún trato de favor, pero me hubiera gustado que la conversación hubiera sido distinta. Ese papel lleva tu firma, hubiera preferido que me lo dieras tú.

-¿eso es todo? Bien pues mañana te traeré alguno más, eres una morosa en el ayuntamiento ¿porqué?

-no lo sé – digo riendo- me da rabia pagar.

-pues tienes un gran problema.

-ya. ¿Cuándo pasa el camión de los trastos?

-hay que llamarle ¿porqué?

-he sacado un montón de cosas fuera.

-¿tú crees que las normas sirven para algo?

-sí, para no seguirlas.

-tienes un gran problema, culona.

-¿estoy perdonada?

-sí, pero no se te ocurra volver a faltarme al respeto.

-no volverá a ocurrir. Lo siento.

-arrechuchate pacá.

-a mí ya me pones las pilas, ¿por qué no se las pones a la compañía eléctrica?

-ya lo he hecho.

-así me gusta. ¡Alcalde guapo!



Hasta mañana. Agur



MARIAN

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